lunes, 8 de febrero de 2010

Clemente de Alejandria

The Stromata, Libro IV
Chapter IX.—Christ’s Sayings Respecting Martyrdom.

On martyrdom the Lord hath spoken explicitly, and what is written in different places we bring together. “But I say unto you, Whosoever shall confess in Me before men, the Son of man also shall confess before the angels of God; but whosoever shall deny Me before men, him will I deny before the angels.” 2782 “Whosoever shall be ashamed of Me or of My words in this adulterous and sinful generation, of him shall the Son of man also be ashamed when He cometh in the glory of His Father with His angels. p. 422 Whosoever therefore shall confess in Me before men, him will I also confess before my Father in heaven. 2783 “And when they bring you before synagogues, and rulers, and powers, think not beforehand how ye shall make your defence, or what ye shall say. For the Holy Spirit shall teach you in the same hour what ye must say.” 2784 In explanation of this passage, Heracleon, the most distinguished of the school of Valentinians, says expressly, “that there is a confession by faith and conduct, and one with the voice. The confession that is made with the voice, and before the authorities, is what the most reckon the only confession. Not soundly: and hypocrites also can confess with this confession. But neither will this utterance be found to be spoken universally; for all the saved have confessed with the confession made by the voice, and departed. 2785 Of whom are Matthew, Philip, Thomas, Levi, and many others.

http://www.archive.org/details/greektestamentwi01alfo


ORIGENES, Contra Celso

62. Sobre los apóstoles de Jesús
Después de esto, ignorando hasta el número de los apóstoles, dice que, "juntando Jesús en torno suyo a diez u once hombres de mala fama, alcabaleros y marinos (cf. II 46) de vida rotísima, anduvo con ellos errante de acá para allá, mendigando mísera e importunamente para comer". Vamos a discutir, en lo posible, también estos puntos. Es notorio para quienquiera lea los evangelios-que Celso no parece haber siquiera abierto-que Jesús se escogió doce apóstoles, de entre los cuales Mateo fue alcabalero. Los que él, confusamente, llama marinos, acaso sean Santiago y Juan, que, dejando la barca y a su padre Zebedeo, siguieron a Jesús (Mt 4,22); pues a Pedro y a su hermano Andrés, que se ganaban con la red el necesario sustento, hay que contarlos, conforme al texto mismo de la Escritura (Mt 4,18), no entre los marinos, sino entre los pescadores. Demos que también Leví, alcabalero, siguiera a Jesús; pero no era del número de sus apóstoles si no es según una copia del evangelio de Marcos. De los demás, no sabemos con qué trabajo o profesión se ganaban la vida antes de entrar en la escuela de Jesús.

Respondo, pues, a todo que a quienquiera examine discreta e inteligentemente la historia de los apóstoles de Jesús, ha de resultarle patente que predicaron el cristianismo con virtud divina y por ella lograron atraer a los hombres a la palabra de Dios. Y es así que lo que en ellos subyugaba a los oyentes no era la elocuencia del decir ni el orden de la composición, de acuerdo con las artes de la dialéctica y retórica de los griegos. Y, a mi parecer, si Jesús se hubiera escogido a hombres sabios, según los supone el vulgo, diestros en pensar y hablar al sabor de las muchedumbres, y de ellos se hubiera valido como ministros de su predicación, se hubiera con toda razón sospechado de El que empleaba el mismo método que los filósofos, cabezas de cualquier secta o escuela (cf. III 39). En tal caso, ya no aparecería patente la afirmación de que su palabra es divina, pues palabra y predicación consistirían en la persuasión que pueda producir la sabiduría en el hablar y elegancia de estilo. La fe en El, a la manera de la fe de los filósofos de este mundo en sus dogmas, se hubiera apoyado en sabiduría de hombres, y no en poder de Dios (1Co 2,5). Ahora, empero, quien contemple a unos pescadores y alcabaleros, que no habían aprendido ni las primeras letras, tal como nos los describe el Evangelio-y Celso cree de buena gana que dicen la verdad al presentárnoslos como gentes ignorantes-, no sólo hablando animosamente con los judíos sobre la fe en Jesús, sino predicándolo también-y con éxito-entre los otros pueblos, ¿cómo no inquirir de dónde les viniera la fuerza persuasiva? Porque no era ciertamente la que cree el vulgo. ¿Cómo no decir que, por cierta virtud divina, hizo Jesús realidad en sus apóstoles lo que un día les dijera: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres? (Mt 4,19). Esta virtud encarece Pablo (como arriba dijimos) diciendo: v mi palabra y mi predicación no consiste en discursos elocuentes de sabiduría humana, sino en demostración de espíritu y fuerza, a fin de que vuestra fe no estribe en sabiduría de hombres, sino en poder de Dios (1Co 2,4). Y es así que, según lo dicho en los profetas que de antemano anunciaron la predicación del Evangelio, el Señor dio palabra a los que dan la buena nueva con gran fuerza, el rey de las potencias del amado (Ps 67,12), para que se cumpliera la otra profecía que dice: Con celeridad correrá su palabra (Ps 147,15). Y vemos, de hecho, cómo el sonido de los apóstoles de Jesús ha llegado a toda la tierra y hasta el cabo del orbe sus palabras (Ps 18,5 Rm 10,18). De ahí es que quienes oyen una doctrina predicada con fuerza, Heríanse a su vez de fuerza, que ellos demuestran luego con su espíritu y su vida, y por su ánimo para luchar por la verdad hasta la muerte; si bien hay algunos que, por más que profesen creer en Dios por medio de Jesús, están de todo en todo vacíos. Son los que no poseen la virtud divina, pues sólo aparentemente han abrazado la palabra de Dios. Arriba (I 43) he recordado un dicho que consta en el Evangelio, de nuestro Salvador; mas no por eso dejaré de alegarlo también aquí oportunamente para demostrar no sólo la presciencia, puesta de manifiesto de la manera más divina, de nuestro Salvador respecto de la predicación del Evangelio, sino también la fuerza de su palabra, que, sin maestros, por una persuasión de poder divino, se apodera de los creyentes. Dice, pues, Jesús: La mies es mucha, pero los obreros pocos; pedid, pues, al amo de la mies que mande obreros a su mies (Mt 9,37).





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